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Martes, 11 de agosto de 2020

Semanas atrás costó entender la destrucción de estatuas que sucede en algunos países durante arrebatos de furia ciudadana. Los símbolos viven del aprecio de las sociedades, y ese aprecio es cambiante. Por eso celebramos sin ningún rubor que los iraquíes echaran abajo las estatuas de Sadam Husein y también que los europeos del Este, tras derribar el muro de Berlín, se quitaran de encima las de Stalin y Lenin. Con la misma comprensión con la que entendemos que si eres hijo o esposa de maltratador no estás obligado a tener su retrato colgado en la pared del salón por muy pariente tuyo que sea. Pero puestos a entender la destrucción de estatuas, nada mejor que fijarnos en el modo en que Juan Carlos I ha destruido la suya propia ante la atónita mirada de sus súbditos. Unido a los errores de comunicación al contar su salida de palacio, se confirma que la más eficaz forma de destrucción es la autodestrucción. (…)

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