POR FORGES

Esto que sigue es una constatación, un acta notarial, un inventario admirativo, una rendida claudicación. No hay oficina ni espacio público, ni despacho ni universidad, ni rincón de casa ni sala de empleados que no tenga una viñeta de Forges pegada en la pared. Las hay amarillentas recortadas directamente del diario, las hay en fotocopias ampliadas, las hay sobre corcho con una chincheta sostenidas, entre tetudas de calendario cafre o contra el gotelé adheridas con papel celo. Es el cuadro favorito en el museo que se monta cada uno en su esquinita. España, sin gran esfuerzo aparente, ha terminado por fin por parecerse a una viñeta de Forges, de tanto como Forges nos ha acertado a definir. Pocas veces se ha presenciado en nuestro país un caso de talento más rabioso, de mirada más certera que la de Forges sobre el pan nuestro de cada día.

El empleado resentido, el beodo disconforme, el funcionario estéril, la pareja fosilizada, el enfermo de fútbol, el corrupto satisfecho, la anciana escéptica, el lameculos solícito, el pijo de manual, el anónimo tipo gris que levanta el brazo, el oficinista de ojos tristes, el hombre acorralado que sólo acierta a repetir: “No es esto, no es esto, no es esto”. Es la galería de pequeños monstruos rotulada por Forges, es el desayuno de cualquier aficionado al periódico, es la foto de familia en nuestras carteras. La viñeta que acompaña el cruasán y el café con leche, el carajillo y la primera tos, la legaña y la cara de mala hostia al embutirse en el metro. Al médico que nos recetó una cada mañana aún le debemos el abrazo agradecido.

En este país en el que casi todo el mundo se siente acomplejado por el mero hecho de no haber nacido en Wisconsin y se pasa los mejores años de su vida intentando imitar el estilo cosmopolita, universalista y a la moda, llega un señor con un rotulador y nos demuestra que se puede ser el mejor cirujano de la realidad sin cambiarle el nombre a Alpedrete, a Romerales, a la tía Petra. Cuando era pequeño reconocía el mundo que me esperaba en los dibujos de Forges y ahora que soy mayorcito compruebo que aún es más real que la realidad. Cuando dentro de mil años nuestras fortalezas estén sumergidas y las ruinas de nuestra civilización sean cuatro restos de paredes, espero que en alguna de ellas quede la viñeta de Forges petrificada porque así sabrán cómo éramos de verdad.

Es editorialista, ensayista y callista de nuestra realidad cotidiana. Forges es uno de los casos más audaces de permanencia, extrae petróleo de pozos que no se agotan y de vez en cuando te arrea un zarpazo lírico con tres trazos narigones y un aparte de Shakespeare traducido por Jardiel. Su fotomatón es el espejo que nos merecemos; si le levantas los bajos a España y le miras la etiqueta del fabricante, seguro que puede leerse: “Por Forges”.

Quizá no le abran sitio en las salas más protegidas de los museos más rutilantes para colgar su recortada viñeta, pero mientras quede una garita, una oficina, una sala de espera, un despacho, un almacén, una recepción o un tablón de anuncios, Forges siempre estará en exposición permanente.

Publicado en El Periódico de Cataluña, el 19 de mayo de 2002.

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