Otoño

Martes, 26 de septiembre de 2017

Por muchas ambiciones con que el ser humano se pinte a sí mismo, no pasa de ser un mero superviviente. Ahora que sabemos que insectos que fueron nuestra más alegre compañía en la infancia, las mariposas, los saltamontes, los grillos, son ya también especies amenazadas de extinción, haríamos bien en poner nuestras barbas a remojar. Basta escuchar con atención a los líderes mundiales para comprender que si persistimos como raza dominante no es debido a la inteligencia superior, sino a unas cualidades de resistencia al medio más sólidas que las de aquellos seres que coleccionábamos con alfileres, recluíamos en botes transparentes o cazábamos por el campo sin saber aún que éramos depredadores. Instalados en un vértigo tecnológico que apunta a la inmortalidad como el próximo reto cuando todavía la instalación de fibra telefónica es una chapuza de cables, taladros y postes torcidos en las esquinas de las calles, parecemos imbuidos de una seguridad en nosotros mismos que solo se apabulla cuando llega puntual la enfermedad terminal y la pompa fúnebre, a la que por más rimbombancia que le damos no nos acaba de gustar del todo protagonizar. (…)

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