Los amigos primero

Miércoles, 9 de diciembre de 2015

Aunque hay versiones contrapuestas sobre la solidez de las amistades, después de la crisis financiera está probado que no hay mejor inversión en la vida que la amistad. Necesitada de menos fidelidades ni feligresías que otras instituciones, la amistad se alza entre las ruinas de nuestros ideales de vida como un faro potente. Si para Ambrose Bierce era un barco en el que cabían dos cuando había buena mar, pero solo uno si llegaba la tempestad, para Georges Brassens la amistad era precisamente el barco que nunca zozobró, que nunca perdió la consistencia para sortear las peores olas. La frase más brillante, cómo no, fue de Pascal, cuando aseguraba que a nadie le entristece del todo la desgracia de un amigo. Para muchos, esa sentencia es de una perversión insoportable, cuando, analizada fríamente, viene a querer decir lo contrario de lo que aparenta. Es en la desgracia cuando el amigo puede venir a ejercer de bálsamo. Nada concita más la pasión de un amigo que devolverle la alegría a quien estima, poder estar ahí cuando todo pinta mal, traer algo de luz en los periodos de sombra. Es en esos momentos cuando el amigo se siente útil, despojado de invitación a tantos otros instantes de plenitud de la vida de quien estima. (…)

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