La democracia en malas manos

Martes, 3 de diciembre de 2019

En contra de lo que creíamos, que la democracia contenía en sí misma un sólido mecanismo de autorregeneración, con el paso de los años nos damos cuenta de que es más frágil de lo que pensábamos. Para las personas de ideas simples, la democracia consiste en votar. Se vota y el que gana impone sus programas. Pero es precisamente lo contrario. La democracia consiste en el respeto a las instituciones, los límites y, sobre todo, a las minorías. Es un sistema que garantiza, precisamente, que el ganador contable no arrase todo a su paso. El problema es que los enemigos de la democracia tratan de manera denodada de expresar dos ataques a la línea de flotación del sistema. El primero consiste en sostener que es un modo de gobierno muy frustrante, porque no permite reformas radicales ni puede competir con el capitalismo dictatorial, que es un invento de nuevo cuño que ha tenido mucho éxito en el cambio de siglo. Países que tienen un gobierno autoritario, pero que compiten en el mercado comercial como si fueran capitalistas liberales. Su ventaja es desmedida, pues no se someten a frenos sindicales ni a derechos, sino que planifican en función de las ventajas apropiadas por su jefatura de Estado. (…)

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