Una gimnasia mental

Martes, 23 de mayo de 2017

La noche en que estallaron tres bombas junto al autobús del Borussia Dortmund tomé un taxi en Madrid. El ambiente en el centro de la ciudad era tenso y sucio. Los seguidores británicos del Leicester festejaban en las calles lo barato del alcohol español, el horario nocturno abierto y la amabilidad de la capital. Pero su festejo beodo y espeso consistía en arrasar el mobiliario urbano, romper botellas y orinar contra las paredes. Durante el día, disfrutaron de esa costumbre de lanzar monedas a las gitanas de origen rumano que buscaban su caridad de turistas. Nada nuevo, estamos acostumbrados a que el espectáculo del fútbol lleve aparejado un precio: la vejación de tu ciudad. El taxista que me llevó a casa consideraba que la Policía era demasiado blanda con los alborotadores. Traté de explicarle que a veces cargar contra ellos y provocar la estampida violenta trae mayores desperfectos y una radicalización de las actitudes, es mejor la vigilancia y la prevención. Se encogió de hombros y me tomó por estúpido. Le pregunté por su acento y me explicó que era rumano, aunque llevaba varios años en España. (…)

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