Mi casa es de la Pradera

Martes, 19 de junio de 2018

Es difícil explicar un tiempo en que la música no estaba a disposición del clic. Recuerdo la pasión de mi madre por las canciones de Concha Piquer y María Dolores Pradera, a las que escuchaba cuando algún programa de radio de los que seguía con fidelidad tenía a voluntad pincharlas. La gente humilde no poseía la música. Luego, el tocadiscos fue propiedad restringida de mis hermanos mayores y finalmente un día logré hacerle una cinta de casete a mi madre con las mejores canciones de la Pradera. Desde entonces, relacioné de una manera automática la elegancia en aquel cantar sin alardes de la Pradera con la maternidad sutil y alérgica a las histerias y traumas de mi madre. Hay una fina línea que separa a la gente que hace su trabajo y cumple con su obligación sin esperar nada a cambio, sin egolatrías ni sobreactuaciones, y los otros, los que necesitan del aplauso ajeno, el conflicto, la atención, el protagonismo y la rendida admiración. (…)

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