Si Edgar Neville volviera

Martes, 14 de agosto de 2018

De entre todos los miembros de lo que a mí me gusta llamar la Generación del 28, que componen entre otros Mihura y Jardiel Poncela, Edgar Neville fue el maestro cinematográfico. Su personalidad era demasiado desbordante para ceñirse a una sola especialidad, así que practicó la novela, el cuento, el artículo, el teatro y algunos derivados de estos placeres como la afición flamenca, todas las ‘fagias’ y una rara carrera diplomática que lo llevó a Hollywood en un momento de enorme florecimiento. De esa época es sabida su amistad con Chaplin, pero fue mucho más reseñable su problemático esfuerzo posterior a la hora de intentar armar unas películas que en España sonaran con la mejor música de aquella industria envidiada. Pues Neville lo logró y para cualquier aficionado al cine se destaca por un puñado de títulos tan inclasificables como gozosos. La vida en un hilo, La torre de los siete jorobados o El último caballo serían solo la punta de lanza de otra de esas carreras imposibles en nuestro cine. De buena familia y educación cara, su afición por la vida lo llevó a ser un glotón de lo gustoso y, a trompicones, logró algo parecido a la libertad. No fue flaco en nada, incluso dicen que tenía por costumbre cenar dos veces, porque con una sola se quedaba con hambre. (…)

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