Cuando la pureza se ensucia de realidad

Martes, 17 de abril de 2018

Lo malo de las series es que están todas alargadas para llenar la vida de los espectadores. Las peores son las que más se prolongan. Siempre que me engancho a alguna calculo los capítulos de menos que podría tener y al final casi siempre la reduciría a tres horas o como mucho cuatro. Me gusta la medida de las películas. El otro día vi una serie documental que me interesó mucho. Las series documentales son documentales alargados en varios capítulos. En este caso eran sólo seis, pero, si hubieran sido tres, la serie sería perfecta. Se llama Wild wild country y cuenta la historia de un gurú de la India al que traen hacia 1980 a un pueblecito de Oregón sus fieles yanquis para montar una comuna de seres felices, entre amor libre, meditación y mucha albañilería. El suceso cobraba un interés desmesurado cuando la comuna, liderada por la indómita secretaria también india del gurú, desafiaba al condado y finalmente al Estado norteamericano. Cuando uno desafía al Estado, termina destruido. Te pasa incluso si te empeñas demasiado en protestar una multa. Acaba viniendo el Estado y te acusa de haber hecho un ventanuco ilegal, de no reciclar bien las basuras, de incumplir la escolarización de tus hijos, de ver pornografía infantil y de no respetar la linde de tu valla. Así que te destruyen la vida, aunque te hayan perdonado la multa inicial. Eso es un Estado. (…)

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